El Comité de Democratización de la Informática
(CDI) es una franquicia social, una iniciativa creada en Brasil
en el año 95 y replicada -al más puro estilo de McDonalds,
pero sin fines comerciales- en países como Uruguay, Colombia,
México, Japón, Chile, Angola, Sudáfrica, Honduras
y Guatemala.
En Chile (http://www.cdichile.org)
esta entidad nació de
la mano de dos jóvenes que, a puro entusiasmo y fuerza,
lograron armar una organización que ya cuenta con más
de 3 mil alumnos.
Todo comenzó cuando Eugenio Vergara conoció la labor
de CDI en Brasil y a través del mail se contactó con
sus gestores para crear una filial Chilena.
“
Yo había trabajado en varias organizaciones sin fines de
lucro. En ese momento venía saliendo de un trabajo en otra
entidad, no tenía mucha plata pero si muchas ideas, entonces
se lo comenté a Cristina de Molina y juntos comenzamos a
darle vida a este proyecto”, señala Vergara. “Al
parecer la idea era buena. A los pocos meses recibimos la primera
donación y entre nuestros propios amigos salieron los primeros
voluntarios”, agrega.
El crecimiento de CDI Chile ha sido considerable,
ya que en poco más de dos años han logrado crear 46 escuelas, con
un total de 3 mil alumnos en 18 comunas del Región Metropolitana. “La
principal característica que nos ha permitido sacar esta
idea adelante ha sido el ñeque y la fuerza de voluntad para
seguir trabajando, además tenemos la recompensa de ver a
la gente avanzar y mejorar su autoestima por el hecho de capacitarse
en las nuevas tecnologías”, explica Vergara.
CDI Chile trabaja con donaciones de empresas
que entregan sus computadores dados de baja para ser reacondicionados.
Con estos equipos la gente
del CDI arma sus “Escuelas de Informática y Ciudadanía” en
lugares donde las condiciones económicas no son las mejores
y las personas no puede acceder al uso de herramientas informáticas.
Vergara explica que, la iniciativa busca “implementar una
empresa social, ya que trabajamos con organizaciones sostenedoras
que administran las escuelas para que se mantengan en el tiempo.
Además cada participante de los cursos debe pagar una cuota
honoraria que va de los mil a dos mil pesos, de esta manera se
genera responsabilidad y se le da valor a los cursos”.
El trabajo de esta organización se realimenta de sus propios
alumnos, que a la larga se convierten muchas veces en monitores
y en voluntarios con un nivel de compromiso notable; tal es el
caso de Ana Luisa Castillo, una mujer de 30 años, minusválida,
que participó como una de las primeras alumnas de la escuela
implementada en la Biblioteca Municipal de Peñalolén
y que desde esa época se ha dedicado a enseñar a
otros, varios grupos de alumnos que en total suman cerca de 300
personas.
Los alumnos del CDI asisten durante tres meses
a clases, en tres sesiones semanales. Los cursos están organizados en tres
niveles, donde primero se les enseña el uso de los computadores,
luego los típicos programas de oficina como Word y Excel,
para terminar con el correo electrónico y la navegación
por Internet.
Vergara, que ha intentado volcar en esta experiencia
todos los conocimientos obtenidos en su carrera de “Gestión
en Educación Social”, señala que, “lo
más importante de esta empresa es lo que podemos darles
a las personas. Por ejemplo, hoy en día tenemos alumnos
nuestros estudiando ingeniería de ejecución informática
y análisis de programación y administración
de empresas en un instituto profesional”.
Y ya tienen un nuevo desafío por delante.
Actualmente, el CDI y la Universidad Bolivariana han preparado
un diplomado llamado “Desarrollo
Comunitario y la Sociedad de la Información”, que
entregará los conocimientos sistematizados por los gestores de
esta experiencia a dirigentes vecinales, responsables de organizaciones
no gubernamentales
y
a
profesionales
relacionados
con el área
social. |