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Estaba en el estacionamiento del Espacio Riesco cuando se bajó de
un auto una tropa de quinceañeros cargados de sacos de dormir,
mochilas y cajas. Todos con sus poleras extra-extra large y brazos
ultra-ultra delgados, trataban de abandonar el vehículo
lo más rápidamente posible antes de que alguien viera
que andaban con la mamá. Muy jóvenes aún para saber que la operación “Escapemos
de mamá” nunca funciona, se despidieron y antes de
dar dos pasos, escucharon:
-¿Llevan todas las cosas?
-Si mamá- respondió una voz desganada
-¿Todos los tarros?
Un paréntesis. Hay que reconocer que la señora estaba
haciendo un esfuerzo por hablar como sus “lolos”.
-Si. Ya, nos vamos, chao.- respondió la misma voz, mientras
se alejaba todo el grupo.
-¿A quién se le quedó esta bolsa con la colación?-
les gritó la mamá
En ese minuto, reinó un silencio total, parecía
que por un segundo el tiempo se hubiera detenido.
-A mi tía- dijo tímidamente un coloradísimo
tarrero
Es que así no se puede convencer a nadie de que uno es
un fiero e implacable oponente en el juego.
Esta era mi primera vez en un tarreo, y aunque no sabía
bien qué esperar, hasta el minuto las cosas no parecían
muy distintas a cualquier reunión de adolescentes y no tan
adolescentes, pero que quieren parecerlo.
La estupefacción se apoderó de mi cuando vi a una
mujer vestida con el traje de buceo de Lara Croft, con trencita
y todo. Por un segundo, vinieron a mi mente esas convenciones
de la Guerra de las Galaxias y de Star Trek, donde llega el hermano
gemelo del doctor Spock y la versión casera de la Reina
Amidala. “Es broma” pensé.
No, no era broma, era la promotora del N’Gage de Nokia,
lo cual fue un gran alivio.
Entré al salón del “evento”. Era como
Lulú entrando en el Club de Los Chicos del Oeste, si es
que Toby tuviera catorce años y se vistiera como Fred Durst
de Limp Bizkit.
Estaba en la pesadilla de cualquier padre: la tierra de los adolescentes.
Empecé a recorrer los pasillos mientras miraba los tarros
refaccionados, con luces y calcomanías, algo así como
una versión hi-tec de los autos de carreras callejeras.
De pronto, un galán que empinado llegaba a los catorce años
me queda mirando. “Ni lo pienses, siento que podría
ser tu mamá” le transmití telepáticamente.
Y entre medio: Una mujer. (Otra, que no era yo). ¿Qué hace
una mujer aquí?
La veterana >>
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