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La envidia me corroe. Los veo sentados mostrando sus gadgets,
sacando pica con palms de todos colores, tamaños y precios,
mientras yo estoy sentado escribiendo en una hoja de papel. Es
una reunión del Club Palm, y parece que los únicos
que desentonan son otro periodista y yo. Pero por lo menos no tengo
que recargar baterías. Qué consuelo... La animación del evento estaba a cargo del gerente comercial
de Rigg, quien evangelizaba sobre de las ventajas de ser un usuario
Palm y tiraba tallas que todos entendían, menos yo. Es que
nunca he tenido un PDA, y nunca había sentido la necesidad
de hacerme de uno. Hasta ese día.
Desde bomberos hasta gerentes generales, todos tenían una
cosa en común: su Palm en la mano. “¿Cuál
tienes tú?”, preguntaba mi compañero de mesa
al del frente. “Una Tugsten. Es súper buena”,
le respondieron. Y acto seguido ambos sacaron los aparatos y comenzaron
a ver si tenían algún programa para intercambiar.
Miré a mi alrededor y en todas partes ocurría lo
mismo. Parecía una mezcla entre reunión de linuxeros
y torneo de Magic, pero con ternos y mayor poder adquisitivo.
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me corroe >>
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