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Antes, la cosa era simple: si querías grabar más
canciones en vez del cassette de 60, comprabas el de 90 o 120 minutos
y se acababa el problema. Ahora bien, si querías guardar
más canciones, comprabas otro cassette y quedabas feliz
con tu mega-mix de dos capítulos.
Con la llegada de los Cds la cosa continuó más o
menos igual con el traspaso de archivos de sonido a discos compactos,
lo que más cambió fue la capacidad de las herramientas
de almacenamiento.
Hasta ahí, la competencia entre los fabricantes de dispositivos
se relacionaba mayoritariamente con el “hardware”,
porque en la práctica todos los dispositivos hacían
lo mismo: tocar música. La pelea estaba principalmente en
el área del diseño y las capacidades del aparato
para que las canciones se escucharan bien: el sistema antishock,
el loop y toda una serie de aplicaciones similares.
Pero los tiempos han cambiado. La llegada de los MP3 players introdujo
en la competencia un nuevo elemento, antes independiente del equipo:
la capacidad de almacenamiento.
¿Cuándo quedó la grande? Con el arribo del
iPod, el reproductor portátil de Apple se inició una
revolución en lo que a dispositivos musicales se refiere
y una competencia fiera por el diseño, la calidad de sonido
y especialmente por la cantidad de horas de música que se
pueden almacenar en ellos. Así es como se inició la
guerra de los códecs.
El secreto
está en el códec >>
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