¿Cuántos ingenieros de soporte técnico de Microsoft se necesitan para cambiar una ampolleta?
Cuatro:
Uno que pregunta: "¿Cuál es el número de registro de su ampolleta?"
Otro que pregunta: "¿Ha intentado reseteándola?"
Otro que pregunta: "¿Ha intentado reinstalándola?"
Y un último que dice: "Debe ser su hardware, porque la ampolleta de nuestra oficina funciona muy bien"...
Bromas como ésta abundan en los foros de discusión sobre Linux, donde se asegura que este sistema operativo es la mejor opción para acabar con errores indescifrables, virus, espías, pantallas azules y otros colapsos que han hecho tristemente célebre al mundo Windows.
Sin embargo la realidad es muy distinta. Aún considerando su poder y estabilidad, Linux sigue siendo un sistema complejo, cuya críptica documentación hace sudar frío a los usuarios comunes a la hora de instalar un programa o algunos dispositivos de hardware. Con mil aplicaciones misteriosas incluidas por distribución y cientos de comandos a aprender en la consola – una especie de antiguo DOS – el sistema del pingüino no es una alternativa viable para el común de los mortales.
¿O sí?...
Desde hace algún tiempo, la Web ha comenzado a hacer eco de una nueva versión de Linux cuyo énfasis está puesto en la facilidad de uso. Se trata de Ubuntu, un software que promete revolucionar las computadoras de escritorio, tal como sus hermanos más grandes han comenzado a abarcar los servidores.
Pero, ¿es suficiente como para amenazar la predominancia
de Microsoft? Precisamente, quisimos probar si un usuario de Windows
podría realizar una serie de tareas básicas -pero
productivas- en Ubuntu, sin necesidad de cursar un magister
en informática. Para ello necesitábamos a un usuario
veterano de Windows, sin conocimientos de programación,
adicto a las interfaces con botoncitos e intolerante en extremo
con los procedimientos que requieren más de una página
de instrucciones.
Desde luego, encontramos al conejillo de indias perfecto... Yo.
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