La Web está cambiando. Si en los últimos años teníamos un ciberespacio estático, donde el público esperaba recibir información, el actual prioriza la interactividad. Y ya no se trata sólo de libros de visitas o foros de discusión: hablamos de bitácoras (blogs), noticias a la carta vía sindicaciones, servicios como Google Maps o la construcción de redes sociales con usuarios que se comunican, colaboran y comparten su vida en línea.
Es lo que algunos gurús ya han bautizado como la Web 2.0... ¡cuando aún no terminábamos de descubrir la 1!
Pero curiosamente, la puerta de entrada a este mundo ha sufrido muy pocos cambios desde entonces. Tras la guerra de los navegadores librada por Netscape e Internet Explorer hacia fines de los noventa, la innovación se estancó, dejándonos perennemente condenados a los botones de avanzar y retroceder, recargar y un listado de favoritos desorganizado e interminable. Pasamos de senderos de ripio a súpercarreteras (concesionadas)... pero seguíamos conduciendo un cacharro.
Eso, hasta que en noviembre de 2004 Firefox volvió a encender la mecha de la competencia. Su modelo demostró a los usuarios que era posible exigir más, urgió a Microsoft – que incluso había decidido dejar de actualizar Internet Explorer – a mejorar su producto y, por sobre todo, le dio a los desarrolladores nuevos bríos para lanzarse a un mercado que parecía no tener esperanza.
El propio Firefox sirvió de base para que Netscape resurgiera de las cenizas y su versión 1.5 beta es ahora el cimiento de Flock, un nuevo navegador que antes de su lanzamiento oficial ya está dando qué hablar. ¿Pero qué hace a este chico tan especial?: El que sus creadores – una joven empresa homónima de Silicon Valley – centraran su funcionalidad en esta Web 2.0 de la que hablábamos, aprovechando al máximo sus ventajas.
Como este viernes se liberó por primera vez una versión de pruebas, en Mouse quisimos comprobar cuan reales eran las expectativas que se tejían en la red.
No nos desilusionamos...
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