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La respuesta a este acertijo tecnológico moderno se encuentra
en las burocráticas redes gubernamentales de comienzos del
siglo pasado, en pleno auge de la revolución industrial.
En ese entonces, un inventor estaba desprotegido ante la posibilidad
de que otros usufructuaran de su esfuerzo, por lo que se instituyó en
cada país un sistema de patentes.
Éste es un registro centralizado de invenciones o procedimientos
técnicos que cumplen varios requisitos, pero principalmente
tres:
· Que sean útiles (deben proveer un beneficio real).
·
Que sean inéditos (no tengan relación con invenciones
ya existentes).
·
Que no sean obvios (es decir, requieran del ingenio para concretarse).
Las patentes otorgan derechos exclusivos al inventor para beneficiarse
de sus descubrimientos durante varios años - por lo general
20 - antes de pasar a ser de dominio público. Durante ese
lapso, cualquier otra persona o empresa interesada en utilizar
la invención o procedimiento debe cancelar una compensación
a su creador, lo que se denomina una licencia.

Por ejemplo, ¿sabías que toda empresa fabricante
de reproductores de CD o CD-ROM debe cancelar una licencia a Sony
y Philips? Sí, las patentes pueden ser muy lucrativas y
por eso las corporaciones electrónicas están peleando
a muerte para ganarse el derecho de imponer al mercado el nuevo
estándar en DVD.
Aunque el tiempo demostró que el sistema era efectivo para
proteger las millonarias inversiones en desarrollo de las industrias
electrónicas, automotriz o farmacéutica, las reglas
del juego no serían iguales para el mundo digital.
Mientras en Estados Unidos la industria del software recibió una
amplia potestad para registrar sus avances, en Europa se consideró que
los bytes eran demasiado abstractos para patentarse, limitándose
a la concesión de derechos de autor -el famoso 'copyright'-
para productos completos, como Windows, Opera o Flash, por nombrar
algunos.
Las consecuencias de ambas modalidades son evidentes: en Norteamérica
los beneficios económicos de las patentes han contribuido
al crecimiento de los grandes conglomerados informáticos
(sólo IBM posee más de 10 mil patentes) mientras
que la falta de ellas en Europa la hace terreno fértil para
el movimiento del código libre (open source), cuya filosofía
comunitaria permite aprovechar sin costo los descubrimientos de
los demás.
Sin embargo, la solicitud de un grupo de empresas transnacionales
a fines de los 90 indica que esto podría estar a punto de
cambiar...
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