Ser un entusiasta de la tecnología (early adopter) tiene sus riesgos. Cuando me regalaron una NEC MobilePro 400 allá por 1997, tuve el honor de ser uno de los primeros propietarios de una computadora de mano en nuestro país. Eso sí, la primicia fue casi de lo único que pude hacer alarde...
La máquina era pesada, demasiado grande como para cargarla en el bolsillo y su pantalla monocroma era tan opaca que debía incendiar la casa para ocuparla. Peor aún, mi Mobile incorporaba la infame versión 1.0 de Windows CE (Murphy hizo que liberaran la siguiente un par de meses después) con un procesador que no resistía más de cinco minutos de navegación en Internet sin colgarse.
...Y eso sin contar que cuando las baterías sobrevivían 48 horas podía considerarme afortunado.
Resultado: el aparato hiberna casi intacto en un cajón de mi escritorio, esperando el día en que alguno de mis nietos lo descubra y se sorprenda con la primitiva informática de nuestros días. Seguro que el teclado de goma les va a fascinar.
Pero siguiendo el dicho, al menos me consuela no ser el único. En cada ático moderno reposan exponentes de alguna generación perdida; avanzadas de revoluciones tecnológicas cuyo potencial se estrelló con la indiferencia de los consumidores o en ocasiones sin siquiera traspasar las puertas del departamento de marketing.
¿Qué hace fallar a una tecnología? ¿Por qué algunos productos provocan adoración inmediata en el público mientras otros se hunden en la ignominia? Los invito a revivir los fracasos comerciales más espectaculares de la historia mientras exploramos sus razones.
Había una vez... >> |