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Miércoles 30 de septiembre de 2009
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* El futuro de la GPL

Cuando hablamos de Richard Stallman, es probable que lo liberal de su filosofía sólo sea superado por lo liberal de su cabellera.

Durante años, este graduado en física de la Universidad de Hardvard ha llamado la atención del mundo por su activismo – cuando no fundamentalismo – en favor del software libre, cobrando aún más vigor tras la fundación en 1985 de la Free Software Foundation (FSF), una institución sin fines de lucro que promueve sus ideas.

Y mal no le ha ido. Bajo su inspiración, millones de programadores en todo el orbe comenzaron a abrazar los principios del proyecto GNU, cuya meta es desarrollar "una colección lo suficientemente amplia de software libre, como para vivir sin necesidad del software que no es libre"... uno donde – por cierto – libre no es sinónimo de gratis: los programas pueden ser comercializados, mientras provean el código fuente para que otros también lo aprovechen.

Sin embargo la FSF pronto daría con su primer escollo. Como los programadores no sabían exponer adecuadamente los términos en que sus trabajos podían ser utilizados, algunas empresas comenzaron a buscar resquicios para usarlos en sus productos sin necesidad de compartir el código, e incluso imponiendo sobre ellos restricciones legales.

Para evitarlo, Stallman tomó las licencias que había escrito para tres de sus proyectos – GNU Emacs, GNU Debugger y GNU Compiler Collection – unificándolas en un sólo cuerpo legal que sería compatible con cualquier tipo de software, sin importar su propósito.

Era el nacimiento de la GNU GPL... o simplemente GPL, para los amigos.

En su primera versión publicada en 1989, la GPL se hacía cargo de estos dos vicios, estableciendo que si un programa (o sus derivados) estaban protegidos por ella, los archivos ejecutables por una computadora (binarios) debían acompañarse por el código fuente respectivo, a fin de que cualquiera pueda modificarlo.

Adicionalmente, estableció que los programas subsiguientes no podían agregar restricción alguna que negara los derechos garantizados por la propia GPL.

Stallman no se detuvo ahí. En 1991 publicó la versión 2 de la licencia – en vigencia hasta el día de hoy – resumida en 7 cláusulas clave:

  1. Bajo la GPL todo programa o sus derivados se pueden modificar, copiar o distribuir.
  2. Si se agregan restricciones a la licencia, el programa sencillamente no se puede distribuir (cláusula de "libertad o muerte")
  3. El software se puede tanto vender como distribuir gratuitamente.
  4. Las patentes que alguien utiliza en un proyecto GPL pueden seguir usándose en sus derivados.
  5. Todo archivo ejecutable (binario) debe distribuirse con su código fuente.
  6. Si no se adhiere a la GPL, un programa se puede usar pero no modificar.
  7. La licencia aplica al software, pero no a los "productos" creados con él (por ejemplo, las imágenes de un editor de fotos o las páginas Web de un editor HTML).

La GPLv2 fue un éxito rotundo. Muchos proyectos importantes la adoptaron, como la base de datos MySQL, el gestor de archivos Samba o el administrador para blogs WordPress, aunque sin duda su miembro más prominente es nada menos que Linux, el sistema operativo desarrollado por Linus Torvalds hacia la misma fecha.

Hoy, en Wikipedia se calcula que un 68% de los casi 140 mil proyectos de código abierto alojados en el popular portal SourceForge están licenciados bajo la GPLv2, convirtiéndola en la licencia "abierta" más importante del espectro informático, por sobre alternativas como BSD o las licencias individuales.

Y es probable que también por ello, los cambios anunciados para su tercera versión estén sacando tantas ronchas.

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