"Por favor lea cuidadosamente el siguiente contrato antes de continuar. Para usar este programa debe aceptarlo. Si escoge rechazar, la instalación concluirá".
Y claro, todos le damos al OK.
Seguro. Nadie está para perder el tiempo leyendo mamotretos. No importa si con ellos donamos nuestro cuerpo a la ciencia o nos enlistamos en el regimiento antártico, siempre pulsamos OK.
Pero la verdad es que esas interminables columnas de texto llenas de términos legales son más importantes de lo que pensamos. Las comúnmente denominadas "licencias de usuario" son las que definen cómo, cuándo, dónde y bajo qué condiciones podemos utilizar una aplicación... nos guste o no.
En la mayoría de los casos, las empresas de software comercial se sirven de ellas para evitar que otros lucren con sus productos, los modifiquen, distribuyan o usen para fines que no fueron concebidos. Obvio, invirtieron dinero en su programación y no les hace gracia que otros se aprovechen a sus costas.
Sin embargo, estas licencias también poseen cláusulas, digamos... más 'convenientes', como las que limitan la responsabilidad de los programadores ante la ocurrencia de "desastres", o las que estipulan que las licencias se conceden "por procesador". Así, si posees un computador con doble núcleo, debes pagar dos veces.
No faltaba más, ¿eh?
Incluso – en casos menos conocidos – las cláusulas pueden ser beneficiosas. Por ejemplo, ¿sabían que el CLUF (contrato licencia de usuario final) en los programas de Microsoft les permite devolver al fabricante de una computadora el software que viene preinstalado – como Windows u Office – para exigir un reembolso?
(Ahora, cuánto deben batallar para lograrlo, eso es otra historia)
Pero mientras las grandes corporaciones utilizan licencias para imponer límites a los usuarios, existe otra cuyo objetivo fundamental es justamente lo contrario: impedir esas restricciones.
Y no sólo eso. Esta polémica licencia anima a los programadores a compartir su trabajo permitiendo que otros lo modifiquen, mientras asegura a quienes se basan en él que también podrán beneficiarse, comercializando sus productos derivados u ofreciéndolos gratuitamente.
¿El nombre de semejante engendro?: General Public License o GPL.
¿Quién pudo estar tan loco como para crearla?
El peor de todos... Richard Stallman.
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